ERNESTO SEMÁN / HECHO BURGUÉS, PAÍS MALDITO

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El mito constitutivo de la Argentina, el verdadero hecho maldito del país burgués, es la creencia expandida en el poder de la acción colectiva. Lo que en 1945 tuvo expresión pública en un formidable movimiento obrero cobijado en la figura eventual de Perón fue el producto de un aprendizaje social vasto, cuyo poder se proyecta hasta nuestros días más allá de la vida sindical y en cada rincón de la sociedad. El descubrimiento simple y demoledor, la ratificación cotidiana en miles de escenas privadas y millones de interacciones con los otros, de que en un mundo desigual, hombres y mujeres asociados y actuando en conjunto pueden contrarrestar el poder que otros ostentan en esa sociedad de manera individual. No es un hallazgo azaroso, ni el producto simple de una experiencia de clase. Es, en muchos sentidos, el fruto del accionar de millones de activistas que a lo largo de las décadas trataron de fijar la experiencia de clase de la desigualdad en clave de la construcción de un poder político. Y que, como tal, es un poder que no se limita a defender los derechos específicos de quienes pertenecen a ese grupo, sino que aspira a poder incidir en las decisiones acerca de qué somos como comunidad.

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